El despertador no es necesario cuando la montaña te llama con su propia frecuencia. A las 5:45 a.m., el aire en la comunidad de Piedras Gordas, en las tierras altas de Coclé, posee esa humedad eléctrica que precede a las grandes jornadas. Con las botas ajustadas y el espíritu en alerta, nos adentramos en las faldas de la cordillera, donde el verde no es solo un color, sino una muralla viva que nos espera para ser desafiada en la penumbra del amanecer.
Los primeros metros son una declaración de intenciones. Nos internamos de inmediato en una zona boscosa densa, donde la luz del sol aún lucha por filtrarse entre las copas de los árboles milenarios. Aquí, la verticalidad se vuelve absoluta; el sendero no sugiere, exige. Es un ascenso directo que pone a prueba los pulmones y la determinación, obligándonos a sortear raíces y rocas en un pulso constante contra la gravedad desde el primer minuto de marcha.
La progresión se vuelve técnica al alcanzar una pequeña zona para escalar. No es solo caminar, es usar las manos para negociar con la piedra, sintiendo la textura de la montaña bajo los dedos. Es un tramo breve pero intenso que sirve de filtro para el alma. Sin embargo, la recompensa no se hace esperar: exactamente 40 minutos después del inicio, la montaña cede y el horizonte se expande. Ante nosotros, el paisaje se abre como un telón que se levanta, revelando la inmensidad del valle que apenas hace un rato nos veía partir.
Lo más difícil ha quedado atrás, sepultado bajo el sudor del esfuerzo inicial. Ahora, la ruta nos invita a cruzar una vegetación que cambia de carácter, volviéndose más abierta mientras nos abrimos paso hacia los pinos. El aroma del bosque seco y la aguja de pino bajo las botas marcan un contraste fascinante con la selva húmeda de los primeros metros. Es un tramo de transición donde el cuerpo recupera el ritmo y la mente se prepara para el encuentro final con la altura.
Coronar la cima es un ejercicio de silencio y admiración. Desde este balcón privilegiado, la vista es imponente: el gran Cerro Orarí se erige frente a nosotros como un titán de piedra y musgo, dominando el paisaje con una presencia que impone respeto. Es el momento cumbre para deleitarse con un café caliente, dejando que el vapor se confunda con la fría brisa que recorre la cresta. En ese instante, entre el calor de la taza y el viento de las alturas, se comprende por qué seguimos buscando estos lugares.
La montaña no es un obstáculo que vencer, sino un espejo que nos devuelve la versión más auténtica de nosotros mismos.”
Pero una expedición en estas tierras nunca termina realmente en la cumbre; el cierre perfecto está grabado en el cauce del agua. Como dicta la tradición del buen explorador de Coclé, iniciamos el descenso buscando el murmullo de lo líquido. No hay mejor forma de sellar la jornada que disfrutando de una cascada o un río local, permitiendo que el agua fresca limpie el cansancio y selle el recuerdo de una montaña que, por un día, nos permitió ser parte de su historia.








